ITALIANOS EN LA PATAGONIA - Por Juan del Sur (Nota III)

Prosiguiendo con las referencias sobre italianos que fijaron las huellas de su acción en 'las páginas de la historia austral, pasaremos rápida mirada por la biografía y actividad valorativa de tres figuras sobresalientes. Una de ellas vincula su nombre y su martirio a la dorada leyenda de la Ciudad Encantada; otra se incorpora y actúa en nuestro sur desde la hora culminante de la conquista definitiva del desierto, que él transforma en cálida y humana conquista espiritual; y la tercera, porque contribuyó al mejor conocimiento de las extremas y accidentadas regiones australes. Italianos los tres, que trajeron a nuestra Patagonia la fe y el fervor apasionado que es peculiar en los hijos del la bella Italia. 

Nicolás Mascardi 

No es fácil substraerse a la magia de -las leyendas encantadas, sobre todo teniendo enfrente las elevadas cimas de la cordillera andina y todo el influjo que emana de un panorama de ensueño y fantasía. 

Es lo que sucedió al rector del Monasterio de Castro Nicolás Mascardi, de la orden de San Ignacio de Loyola. Hasta sus oídos estuvieron llegando y llegando noticias obsesionantes sobre una ciudad de embrujo, donde náufragos y desertores de las naves españolas llevaban una vida regalada. 

Cuéntase que en una expedición armada a este lado de la Cordillera, el capitán Diego de Villarroel llevó a Chile muchos cautivos. Mascardi se interesó por ellos, entrando en contacto con la india Huenguelé, que sería esposa de un bravo cacique pehuenche. Esta, agradecida por los auxilios y consuelos que a los suyos prodigaba el sacerdote, le proporcionó informes subyugantes sobre la Ciudad de los Césares. 

Mascardi habría realizado un primer viaje a este lado de la Cordillera en 1665, penetrando por un boquete situado hacia el paralelo 46, pero esta información ha sido puesta en duda. En cambio, los historiadores sostienen que alucinado por la idea de conquistar para la fe a los habitantes de la ciudad que la leyenda ubicaba en un abra de la Cordillera, realizó varios viajes, alcanzó las márgenes del Nahuel Huapi y en sucesivas exploraciones por el país alcanzó la costa atlántica. Habría sido, por lo tanto, el primer blanco que hizo el viaje por tierra entre ambos océanos. 

En 1670 instaló una misión junto al lago Nahuel Huapi, y obtuvo mucho ascendiente sobre los indios, hasta que el cacique Antullanca, viendo peligrar su poder sobre las tribus poyuches le dio muerte en 1673, tragedia que se repetiría años después con otros sacerdotes que pretendieron restaurar la misión en la región de los lagos argentinos. 

Nicolás Mascardi era romano, pero hijo de padres genoveses de noble estirpe. Nació el 30 de septiembre de 1625. Un tío suyo, que era cardenal, lo apartó desde pequeño de las diversiones y vicios de la juventud, reservándalo para servir a la Religión. Siendo niño ingresó a la Compañía de Jesús, y a los 13 años de edad comenzó su noviciado en el Colegio San Andrés, en Roma. 

A Chile llegó el Padre Mascardi en 1651 y dijo su primera misa en América en diciembre de 1652. Un año después fue destinado a la misión de Buena Esperanza; familiarizó con los indios y aprendió su lengua, llegando a dominarla plenamente. Luego estuvo en las misiones de Chillán, Concepción y por último en Chiloé. Aquí sería poseído por el espejismo de la Ciudad Encantada, que lo llevaría al martirio y la inmortalidad. 

Su nombre vive en la transparencia de un lago maravilloso, bordeado de alto y tupido bosque, donde el sol, jugando sus luces sobre las laderas acolchadas, colora las aguas del Mascardi con toda la gama del verde. 


José Fagnano 

En la conquista de la Patagonia se han escrito muchas páginas de abnegación y sacrificio, pero sin desmedro de otras cabe distinguir la obra silenciosa, tenaz y perseverante de los salesianos, que no solamente llevaron al desierto de 1875 un soplo espiritual, sino que desde aquella escena primaria hasta hoy han desarrollado una tarea inmensa, sentando las bases de una solidaridad efectiva y pródiga en aspectos sociales, educativos y humanos. 

Don Bosco, inspirado por sueños proféticos, envió a la Patagonia a una pléyade de misioneros armados con todos los atributos de la fe, la caridad, la cultura, la guapeza física, el carácter firme, para cumplir una alta cruzada civilizadora. Muchos de sus nombres han quedado grabados para siempre en las páginas más honrosas de la historia austral, y con pronunciado relieve el de José Fagnano, italiano como la mayoría de los misioneros que entraron a la Patagonia en el siglo pasado y constructor fervoroso en lo material y espiritual. 

José Fagnano

Esta figura ejemplar cuya obra fue ampliamente considerada por ARGENTINA AUSTRAL en una edición especial (Nº 160, de donde extraemos esta información biográfica), había nacido en el Piamonte, en un pueblecito llamado Rochetta Tanaro, el 9 de marzo de 1844. Vivió 72 años, de los que medio siglo los dedicó al sacerdocio con admirable comprensión de la hora y del medio en que le tocó esparcir la fe. Falleció el 18 de septiembre de 1816 y sus restos se hallan depositados en un artístico sepulcro en la iglesia matriz de la ciudad de Punta Arenas, que fue escenario principal de sus importantes realizaciones. 

Fagnano tomó contacto con la Patagonia en 1879, al ser puesto en posesión de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, en la localidad de Patagones, que junto con Viedma, que emergía su caserío en la orilla opuesta del río Negro, y Rawson en Chubut, eran las únicas poblaciones existentes en una extensión de un millón de kilómetros cuadrados que comprende la Patagonia. 

Hombre ejecutivo y con ideas claras y metas precisas, no demoró en poner manos a la obra. A los cien días de su llegada fundaba el Colegio San José, para varones, y el María Auxiliadora, para niñas; misionó por las tolderías y llegó hasta el gran lago Nahuel Huapi, siendo el primer sacerdote que lo hiciera desde el lado del Atlántico. Otras fundaciones suyas fueron el Observatorio Meteorológico en Patagones y el colegio San Francisco de Sales y de María Auxiliadora, ambos en Viedma. 

Nombrado Prefecto Apostólico de Santa Cruz, Tierra del Fuego, Magallanes y las Islas Malvinas, fue a residir en Punta Arenas; practicó exploraciones por Tierra del Fuego y muchas islas; fundó en Río Grande la Misión de la Candelaria; y aquí y allá, escuelas, talleres y otras instalaciones para industrializar maderas, lanas, cueros, erigió templos, estableció otro observatorio meteorológico, esta vez en Punta Arenas, que aún sigue siendo un alto exponente de eficiencia; organizó un museo regional patagónico; tuvo la preocupación permanente de proteger a los aborígenes, que lo llamaban "Capitán Bueno". 

Tan diversa y sobresaliente fue la actividad constructora de Fagnano que solamente un volumen, como el que le dedicó esta revista, puede reflejarla. Nosotros solamente hicimos menciones a grandes trazos como recordación de otro italiano insigne, cuyo nombre lleva un gran lago fueguino y está en muchas calles de los pueblos del sur. 


Alberto M. De Agostini 

Provoca asombro y admiración enterarse (Anales de la Academia Argentina de Geografia Nº 4) que no menos de cincuenta topónimos ya oficializados por los gobiernos de Argentina y Chile, y muchos más aún no reconocidos, débense a la actuación exploratoria y geográfica del misionero salesiano Alberto M. de Agostini, primero en explorar científicamente la Tierra del Fuego y primero en posar su planta en muchos lugares de nuestro extremo austral, desde el norte del Neuquén hasta el archipiélago fueguino. 

Admirable ha sido en su doble actividad de misionero de la fe y cruzado de la ciencia, ya que todas sus exploraciones fueron inspiradas por un claro afán científico. Mucho de lo que hoy sabemos sobre el glaciarismo austral a él se lo debemos, y también fue encomiable su aporte cartográfico y divulgación de conocimientos sobre fauna y flora de las regiones menos accesibles de nuestra Patagonia y de la zona magallánica. 

Es, por muchas razones y merecimientos, otro de los preclaros hijos del Lacio que ha asociado su nombre al de la Patagonia, nombre que ha quedado junto al de los más intrépidos exploradores ele nuestro pasado que procedieron de aquella Nación. 

Había nacido en el pueblecito alpino de Pollone, en el año 1883, exactamente el día 2 de noviembre. Desde que abrió los ojos a la vida tuvo enfrente la montaña, con todo su encanto y su misterio, y a ella se aficionó desde temprano. Sus estudios no le aminoraron las inclinaciones a trepar por las más accidentadas laderas, sino, por el contrario, lo entusiasmaron con la disciplina geográfica, dándole alas para empecinarse en recorrer todas las alturas que pudiera alcanzar su planta. 

Ordenado sacerdote en 1909, en la Congregación Salesiana, fue alentado en su vocación, y poco tiempo después -en 1010- tomaba contacto con nuestra Tierra del Fuego. Volvería a ese territorio una y otra vez, hasta conocerlo como la palma de la mano. No quedó monte, lago, río, valle, que no explorara. Por eso tantos accidentes geográficos fueguinos llevan nombres que él les impuso. 

Cumplida totalmente la exploración fueguina, recorrió con la misma disciplina y creciente intrepidez, toda la cordillera austral, desde el norte del Neuquén. Las más altas cumbres fueron vencidas; así el Lanín, el San Lorenzo, el San Valentín, el Olivia, el Sarmiento, y cien más_ De todas sus exploraciones y atrevidas ascensiones, extrajo copioso material, con el que contribuyó a perfeccionar la cartografía de las regiones visitadas, y proporcionó detalles geofísicos y referencias sobre botánica y etnografía.

Dotado de un exquisito temperamento artístico, había sabido identificarse con su máquina fotográfica, realizando tomas que representan la más amplia y completa colección fotográfica de las regiones lacustres patagonica, fueguina y magallánica. Sus fotos, unidas a sus libros en los que relata con amenidad, son fuentes de consulta, orientación y recreamiento. 

El paso de este ilustre italiano y misionero salesiano por la Patagonia y Tierra del Fuego, un paso que se prolongó en exploraciones durante cuarenta y cinco años, ha quedado signado, como decimos al comienzo, con la infinidad de nombres que impuso a cerros, lagos, fiordos, ríos, como veremos por la siguiente nómina, ya oficializada, correspondiente a la Tierra del Fuego, argentina y chilena: 



Alvear, sierra, monte y lago, por Marcelo T. de Alvear. 
Aosta, monte y glaciar, por la ciudad italiana de Aosta. Beauvoir, sierra, por el misionero salesiano José P. Bauvoir. 
Biella, monte, por una población italiana así llamada en ]a que siendo niño tuvo residencia el Padre de Agostini. 
Bove, monte y glaciar, por el explorador Giácomo Bove.
Carbajal, monte y valle, por el sacerdote, misionero y escritor, Lino del Valle Carbajal. 
Contralmimnte Cuevas, fiordo y glaciar. Por el marino chileno Arturo Cuevas. 
Contralmirante Martínez, fiordo, por el marino chileno J. Martínez. 
Conway, monte, por Guillermo M. Conway, que intentó escalar el monte Sarmiento. 
Cuerno Negro, monte. No se conoce la razón de esta denominación, suponiéndose que ha de ser por su color y forma. 
Dalla Vedoya, monte y glaciar. Por el geógrafo italiano José Dalla Vedoya. 
De Agostini, fiordo, para honrar este apellido, que es ilustre en la impresión de obras geográficas en Italia. 
De Gasperi, lago y valle. Por Juan E. de Gásperi. 
Giordano, monte. Por el geólogo italiano Félix Giordano. 
Lovisato, monte, glaciar y valle, por el geólogo Domingo Lovisato. 
Luis de Saboya, monte y glaciar, por Luis M. de Saboya. 
Marinelli, glaciar, por el geólogo italiano Juan ;Marinelli. 
Navarro, cordón. Por el médico Lautaro Aravia Navarro. 
Negri, fiordo y glaciar. Por el geógrafo italiano Cristóbal Negri. 
Pigafetta, ensenada. Por Antonio Pigaffetta, relator del viaje magallánico. 
Roncagli, monte y glaciar. Por el marino italiano Juan Roncagli. 
Sella, monte y cadena. Por el político italiano Quintin Sella. 
Schiapparelli, glaciar y monte. Por el astrónomo italiano Juan Schiapparelli. 
Spegazzini, lago. Por el botánico italiano Carlos Spegazzini. 
Stoppani, glaciar y monte. Por el geólogo Antonio Stoppani. 
Tonelli, monte. Por e; salesiano y etnólogo Antonio Tonelli. 
Tristeza, seno. Por la sensación que trasciende de este lugar. 
Vinciguerra, monte. Por el zoólogo italiano Decio Vinciguerra. 

En la región patagónica austral, impuso los siguientes nombres: 

Aguilera., monte. Por el Vicario Apostólico de Magallanes, monseñor Abraham Aguilera. 
Malaspina, monte. Por el célebre almirante Alejandro Malaspina. 
Onelli, monte, ventisquero, lago y bahía. Por el famoso explorador y naturalista Clemente Onelli. 
Spegazzini, monte, ventisquero y fiordo. Por el botánico Carlos S. Spegazzini. 

Sobre la vertiente del Pacífico los siguientes: 

Cagliero, monte. Por monseñor Juan Cagliero. 
Don Bosco, monte. Por San Juan Bosco. 
Italia, altiplano. Homenaje a su patria. 
Marconi, glaciar, cadena y monte. Por Guillermo Marconi. 
Mascarello, cordón y río. Por el marino argentino de origen italiano, José M. Mascarello. 
Milanesio, monte. Por el salesiano Domingo Milanesio. 
0rtúzar, monte. Por el sacerdote Camilo Ortúzar. 
Pier Giorgio, monte. Por Pier Giorgio Frassati. 
Torino, monte. Por la ciudad italiana de igual nombre. 
Vespignani, monte. Por el sacerdote salesiano José Vespignani.
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Fuente: Revista Argentina Austral  Nº 362  – Año 196



ITALIANOS EN LA PATAGONIA - Por Juan del Sur (Nota II)

Manifestamos en la primera de estas notas que sería incontable reseñar la actuación de italianos en la Patagonia, porque son tantas y tan cuantiosas sus tareas en todos los órdenes de la humana actividad, que nos llevaría a una nómina interminable. Por eso hemos espigado a través de los tiempos, tomando este italiano que sobresalió en tal época de la exploración austral, o este otro que fue ardoroso misionero de la fe, o aquel que ayudó a construir pueblos y a amansar el desierto áspero y escasamente hóspito. La misma razón que nos indujo a un juicio selectivo de italianos por su obra y trascendencia, nos lleva a limitar la extensión y continuidad de estas recordaciones, porque prolongarlas sería caer en la tentación de tomar otros nombres y otros y otros, pues así es de numerosa y fecunda la presencia itálica en el sur, desde Pigafetta hasta el "gringo" recién venido, quizá atraído por el incremento de la explotación petrolera en el llamado "flanco sur", donde al pasar nos endulzaron el oído las melodías de alguna canzoneta que iba envuelta en la acústica del viento.

La presente es la penúltima nota que hemos preparado, relación que culminará en la próxima edición de febrero, dejando expresa constancia una vez más que no ha sido el propósito negar ni desconocer los méritos de los que omitimos mencionar, sino que nos ocupamos de aquellos que a nuestro modo de apreciar la historia y la vida austral, tuvieron actuaciones destacadas y produjeron consecuencias sobresalientes y provechosas. Si hay omisiones, atribúyanse a desconocimiento, no a mala voluntad.


ALEJANDRO MALASPINA

Una parte de esa pampa que declina hacia el Atlántico poco antes de llegar a Comodoro Rivadavia por el norte, se llama de Malaspina. El nombre recuerda al caballero don Alejandro Malaspina, marqués, brigadier de la Real Marina Española, italiano de Palermo, que produjo la más extraordinaria labor cartográfica de su tiempo y quedó signado su paso por las costas patagónicas con importantes trabajos hidrográficos y estudios sobre flora y fauna costera, pues su expedición la integraron personas especializadas en varias disciplinas, como Antonio Pineda, en historia natural; el botánico Luís Née; disecador José Guío y otros.

Era Malaspina un gallardo caballero de ardoroso espíritu combatiente y refinada cultura mundana. Por su carácter andariego y luchador se incorporó a la marina hispánica, en la que desarrolló labor sobresaliente. En sus antecedentes figura heroico comportamiento en el combate de Santa María y otras contiendas navales; realizó brillante campaña en Filipinas y al comando de la fragata "Astrea" dio la vuelta al mundo pasando por el Cabo de Hornos. Después de esta hazaña, las autoridades españolas le dieron el mando de la expedición de las corbetas "Descubierta" y "Atrevida", despachadas para practicar trabajos marinos, reconocimiento costero de sus posesiones ultramarinas, relevamientos hidrográficos, estudios de la fauna y la flora de las costas americanas y, finalmente, proporcionar al rey un informe del estado político de la América Española.

La simple enunciación de la consigna indica la confianza dispensada a Malaspina, que desde el 30 de junio de 1789 hasta el 21 de setiembre de 1794, con las dos corbetas aludidas, recorrió las costas americanas, tocó las Malvinas, levantó cartas en Filipinas, Galápagos, Maria¬nas, etc. En las costas patagónicas fue particularmente minuciosa y completa la tarea realizada.

Al retornar a España se vio envuelto en una intriga palaciega, siendo encerrado en una celda por espacio de dos años, sin permitirle publicar sus trabajos. En 1803 fue desterrado a Milán y allí murió en 1809.
Pero la tarea ciclópea realizada, no se perdió. Gente responsable y valerosa salvó los apuntes y datos, que una vez ordenados y publicados ofrecieron a los marinos de todas las nacionalidades, exactos derroteros en las remotas costas australes de América.


GIÁCOMO BOVE

Débese en buena parte a este marino y explorador italiano el conocimiento de las posibilidades humanas que ofrecían Tierra del Fuego e islas del Estado, hacia 1880, épocas en que aún esas regiones poco o nada habían sido exploradas con criterio científico.

Giácomo Bove era un teniente de la marina peninsular nacido en Maranzana (Asti), el 23 de agosto, de 1852, graduándose en la Academia Naval de Nápoles. En 1878 ganó singular nombradía y reputación científica al participar en la travesía del Ártico por el "Vega", con el doctor Nordenskjold, el mismo que años más tarde se vería en se¬rios aprietos en su viaje al Polo Sur y que fuera salvado, con sus compañeros, por la corbeta argentina "Uruguay”.




Faro de San Juan del Salvamento, en la Isla de los Estados instalado en el último cuarto del siglo XIX como consecuencia de las exploraciones e informes de Giácomo Bove.



En el año 1881 se ofreció Bove a nuestra Sociedad Científica, presidida, por Estanislao Zeballos, para realizar una esclarecedora labor exploratoria, que comprendería trabajos hidrográficos, zoológicos, botánicos, topográficos, en el extremo meridional del país, territorio que sin conocer casi y sin ocupar nos disputábamos diplomáticamente con Chile. La Sociedad Científica advirtió la importancia del ofrecimiento e interesó al gobierno para que auspiciara el viaje, siendo así que la goleta "Cabo de Hornos" al mando del más marino de los capitanes, Luís Piedrabuena, fue acondicionada para transportar la expedición. La integraron diversas personas, capaces y valientes, expertas en las diversas disciplinas requeridas para los trabajos a cumplir.  

El 17 de diciembre de 1881 partió la expedición; reconoció parte de la costa patagónica, Tierra del Fuego e islas de los Estados, regresando a Buenos Aires el 1º de setiembre de 1882. Además de la "Cabo de Hornos", en Punta Arenas fue alquilada la goleta "San José" para excursionar por el canal de Beagle, siendo destrozada por un temporal contra los acantilados, sin que hubiera víctimas humanas.

El 31 de enero de 1884 Bove emprendió una segunda expedición, por decisión de la Sociedad Científica, con el pequeño pailebot "Rescue" arrendado en Punta Arenas. Esta vez se concretó al territorio fueguino. En el grupo iba una valerosa dama, la esposa de Bove. Recorrieron valles, bosques y montañas. Determinaron los límites geográficos con Chile y proporcionaron un estudio muy amplio sobre la naturaleza del terreno y sus aptitudes y otras valiosas observaciones sobre clima, etnología y antropología. La expedición dejó sus rastros en numerosos topónimos, como los montes Irigoyen, por el ministro Bernardo de Irigoyen que poco antes había suscripto el pacto con Chile; Zeballos, por el presidente de la Sociedad Científica; Bove, por el jefe de la expedición, bautismo que partió del argentino Juan M. Noguera, que integraba el grupo en representación de nuestra Armada.

Trágico final sufrió Giácomo Bove. Siempre intrépido y andariego, realizó una expedición al África, y de regreso a su patria dejó la marina para entregarse a la actividad de empresario naviero. Al parecer, en sus andanzas se había quebrantado su salud y sufrió una aguda neurastenia, que lo impulsó al suicidio, en 1887 en Verona.
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Fuente: Revista Argentina Austral  Nº 363 – Año 1962

ITALIANOS EN LA PATAGONIA - Por Juan del Sur (Nota I)

Españoles aparte, los italianos que emigraron al Plata son los europeos que más han significado en la población y el progreso de estas tierras. A más cuatro millones ascienden los italianos llegados al país y que en él fijaron su residencia en la última centuria. Los resultados provechosos de esta presencia son tangibles en todos los órdenes de la actividad nacional. Han impreso el sello: de su facundia en la función pública, en la docencia, en la industria, en el comercio, en las ciencias, en las artes, en la agricultura y la ganadería, en las labores más humildes y en las de más alta responsabilidad. Pero si están en todo y en todos son valiosos colaboradores de la prosperidad argentina, nada más digno en ellos por cierto que haber incorporado a nuestro modo de vida su limpio sentido del hogar, su acendrado amor a la familia y una veloz asimilación a nuestra más recóndita raíz telúrica.

En la Patagonia el cuadro es por supuesto semejante al resto del país. En las cuatro provincias que la integran y el territorio insular fueguino, los italianos están vinculados al esfuerzo común con su espíritu de lucha, una sobresaliente capacidad de trabajo y su amor a la cultura. Italianos médicos, italianos ganaderos, italianos colonizadores, italianos ingenieros, italianos industriales, comerciantes, artesanos, alarifes, pescadores; italianos consubstanciados con lo regional, que es la patria chica, y a través de un puro sentido localista con lo nacional, que es la patria de adopción; hay y hubo en la Patagonia, por centenares, por millares, italianos identificados en un mismo amor con los hijos del país.

Dentro de ese abigarrado conjunto de italianos que a lo largo del tiempo han sumado su quehacer al de argentinos y extranjeros en las tierras del sur, naturalmente hubo quienes fueron actores de sucesos sobresalientes que los distinguen sobre el nivel general de sus coetáneos patagónicos. Así tenemos en la historia austral italianos descubridores y exploradores, italianos marinos, italianos fundadores de pueblos, italianos precursores en distintos órdenes de las actividades humanas en aquellas vastas regiones.

De algunos de ellos vamos a ocuparnos, como un testimonio claro y objetivo del aporte que en todo tiempo han dado los italianos al progreso austral, sin que la lista quede agotada ni mucho menos, lo que ha de darnos pie para volver sobre este mismo tema, pero con otros nombres.






El primer italiano que llegó a la Patagonia vino con Magallanes, y difundió por el mundo el mito de los gigantes patagónicos.

De acuerdo a Pigafetta, los patagones eran tan gigantescos que los europeos apenas les llegaban a la cintura.







EN EL AÑO 1520.

Con el primer italiano que llegó a la Patagonia nacieron a la par la historia y la leyenda regional. Fue el caballero Francisco Antonio Pigafetta, relator del dramático periplo magallánico. Joven culto, inquieto, de espíritu "aventurero, se sumó a la expedición magallánica con el notable resultado que la posteridad reconoce, pues llevó un diario minucioso que ha permitido conocer muchos episodios de la aventura mas audaz de la humanidad, como la calificara Stefan Zweig. Como Tucídides, Pigafetta fue escribiendo con claro juicio la historia de los acontecimientos cotidianos; formuló referencias concretas sobre los naturales de los países visitados, vida y costumbres; tradujo y explicó algunos vocabularios aborígenes, hasta trazó mapas rudimentarios; todo lo cual resultó de preciosa guía para historiadores, filólogos y geógrafos.


Llegó el primer italiano a tierra patagónica el 19 de mayo de 1520, cuando Magallanes resolvió invernal en la bahía que desde entonces llamóse de San Julián, pero solamente dos meses después iba a conocer a los "dueños de casa". Dice Pigafetta:

"Transcurrieron dos meses sin que viésemos ningún habitante del país. Un día, cuando menos esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena, casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán envió a tierra a uno de nuestros marineros con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y amistad, lo que fue muy bien comprendido por el gigante, quien se dejó conducir a una isleta donde el capitán había bajado. Yo me encontraba allí con muchos otros. Dio muestras de gran extrañeza al vernos, levantando un dedo, lo que quería decir sin duda, que nos creía descendidos del cielo".

"Este hombre era tan grande que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados de un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en sus mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados por algún polvo".

Los hombres barbados no se conformaron con ver a los indios; también quisieron llevarse algunos ejemplares para exhibirlos en Europa, pero murieron en el viaje. Pigafetta narra la vida a bordo de aquellos infelices; y vemos cómo el relator del viaje magallánico supo ganarse la amistad del indio Pablo:

"Se mantienen ordinariamente de carne cruda y de una raíz dulce que llaman capac. Son muy glotones; los dos que capturamos se comían cada uno un cesto de bizcochos por día y se bebían medio cubo de agua de un trago; devoraban las ratas crudas, sin desollarlas. Nuestro capitán llamó a este pueblo patagones.

"Durante el viaje entretuve lo mejor que pude al gigante patagón que llevábamos en nuestro navío (el otro murió muy pronto), y por medio de una especie de pantomima le preguntaba el nombre patagón de muchos objetos, de manera que llegué a formar un pequeño vocabulario. Es taba ya tan acostumbrado que apenas me veía coger la pluma y el papel, venía en seguida a darme los nombres de los objetos que alcanzaba su vista y de las operaciones que veía hacer. Nos enseñó, entre otras cosas, el modo de encender lumbre en su país, frotando un pedazo de madera puntiagudo contra otro, hasta que el fuego prende en una clase de medula de árbol que se coloca entre los dos pedazos de madera. Un día que le mostré la cruz y la besé delante de él, me dijo por señas que Setebos entraría en mi cuerpo y me haría reventar."

Este indio tampoco pudo sobrevivir. "Cuando se sintió en las últimas, dice Pigafetta, en su postrera enfermedad, pidió la cruz, la besó y nos rogó que lo bautizáramos, lo que hicimos, poniéndole el nombre de Pablo".

Natural de Vicenza, Francisco Antonio Pigafetta nació en 1491 y murió en el mismo lugar en 1534, a los 43 años de edad. A este hijo de la bella Italia se debe, como hemos dicho, la crónica inicial de la historia patagónica y el nacimiento del mito de los gigantes aborígenes, a los que apenas los europeos les llegaban a la cintura.



CAPITÁN PIETRO PAOLO SANGUINETTI

No ha sido divulgada la actuación de este experto marino italiano que estuvo al servicio del Virreinato del Río de la Plata y llegó a ser gobernador de las Islas Malvinas.

Hacia el año 1780 el capitán de fragata de la marina italiana, Pietro Paolo Sanguinetti, se incorporó al servicio del virreinato platense y durante un período de varios años realizó trabajos de relevamiento y protección del dilatado litoral marítimo, comandando el bergantín "Santa Eulalia". En el golfo San Jorge hasta cabo Blanco y otros lugares de la costa sur operó con sentido heroico, pues siempre iba arriesgando tener un encuentro enojoso con los corsarios, piratas y pescadores subrepticios, que menudeaban por el extremo austral; además, en esos años no dejaban de justificarse los temores de España de que otras potencias intentarían apoderarse de algunos puntos de la Patagonia. Vigilarlas, pues, implicaba serios riesgos.

El capitán Sanguinetti fue un celoso vigía de la potestad española en las costas patagónicas. En el año 1791, al presentar, la relación de su viaje, consignó haber comprobado que merodeaban por las proximidades de Puerto Deseado nueve naves extranjeras, en una actividad muy sospechosa las que se alejaron ante su vista.

El premio a las numerosas exploraciones y patrullaje de la costa patagónica, fue la designación del capitán Sanguinetti como gobernador de las Malvinas, que desempeñó durante tres años. Su nombre fue dado a la bahía situada debajo del "Pan de Azúcar", en el extremo sur del golfo San Jorge.


CAPITÁN ANTONIO ONETO

Noventa años después, en los mismos o próximos parajes que anduvo vigilando el capitán Sanguinetti, otro italiano de gran temple, marino como aquél, realizaba la fundación de una colonia agrícola que al correr del tiempo se iba a transformar en la actual localidad de Puerto Deseado.

Es el capitán Antonio Oneto, auténtico pionero patagónico. Oriundo de la pequeña pero hermosa ciudad de Chiavari, próxima al golfo de Rapallo, donde nació el 15 de abril de 1826; llegó a Buenos Aires comandando su propio barco en 1868, y aquí vislumbró la conveniencia de crear una flota mercante de navegación trasatlántica que llamó "La Italo-Argentina". La iniciativa comenzó a funcionar; personalidades argentinas de esa época figuraron en el directorio de la empresa: Jaime Llavallol, Ángel de Estrada, Martín lraola, Bernardo Iturraspe, y también conspicuos miembros de los círculos italianos y británicos en el río de la Plata, como Graffigna, Piaggio, Badaraco, Billinghurst, Wilkinson. etc. Empero la tentativa no dio los resultados económicos que podían esperarse, y al cabo de tres o cuatro años de dura lucha, Oneto optó por dar la espalda al río de la Plata y ponerse de cara al sur.



El gobierno argentino resolvió sacar provecho de la índole del capitán Oneto, que era hombre ordenado, culto, de buen talante y correctos procederes, y lo envió a Chubut con un cargo equivalente a teniente gobernador, en 1875, donde su actuación resultó beneficiosa para el definitivo arraigo de los galeses, quienes le admiraron sinceramente brindándole una cálida amistad. Estando en Chubut, realizó importantes trabajos científicos, practicó algunas exploraciones, estudió el problema del indio y propuso justas soluciones. Pero su acción más trascendente y por la cual ha ingresado con todo merecimiento a la historia austral, fue su tenaz preocupación por establecer una colonia en las márgenes del río Deseado.

En el año 1882 fue autorizado a ensayar su plan, y en 1884 lo llevó a cabo. Capitaneando un pequeño núcleo de familias, llegaron a la ría del actual Puerto Deseado el 15 de julio del último año citado, en lo más riguroso del invierno. La lucha contra las inclemencias climáticas fue tremenda, pero el temple de Oneto, comunicado a sus compañeros de aventura, superó todos los obstáculos. La colonia prosperó a pesar de tantas vicisitudes.

Oneto no pudo gozar el resultado de su obra, como tampoco pudo compartir plenamente las penurias del grupo, porque muy pronto sufrió un grave quebranto físico y falleció en el invierno de 1885.

Antonio Oneto es el prócer de Puerto Deseado.



EL "GRINGO" ONELLI

En la Patagonia hay pueblos y lugares con su nombre, indicación cabal de que algo ha significado en el pasado de estas regiones. Un presidente argentino lo calificó como "el más italiano de los argentinos y el más criollo de los italianos".

Don Clemente Onelli se vinculó a la Patagonia de recién llegado. Todavía tenía las ropas impregnadas con los aires de su Roma natal cuando el perito Moreno lo envió en comisión a la Patagonia. De allá volvió embrujado, pletórico de paisajes e ideas que describió y expuso en su libro "Trepando los Andes" y en publicaciones sueltas. La preocupación de la Patagonia no lo abandonó más, y hasta cuando escribía sus "Aguafuertes del Zoológico", recaía con frecuencia en aquellas regiones, pues hablaba con cariño y agudeza de la fauna austral.

Onelli realizó varias excursiones a la Patagonia; fue elemento ponderable en las comisiones de límites con Chile. Le agradaba la vida errante, aventurera, al aire libre; se familiarizó mucho con indios tehuelches y araucanos, y aprendió estas lenguas tanto o más rápidamente que el español.

Clemente Onelli vino al país cuando tenía 23 años de edad. Trajo títulos otorgados a su capacidad por el Real Liceo Visconti y la Facultad de Ciencias de la Universidad de Italia. Inmediatamente fue incorporado al Museo de La Plata, y noventa días después cumplió su primera comisión a la Patagonia. Desde 1888 hasta 1904, en que el general Roca lo nombró director del Jardín Zoológico, exploró Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz. En la cuestión de límites, fue brazo derecho del árbitro inglés, coronel Holdich, que incluso lo llevó con él a Londres para que le prestara asesoramiento durante el estudio final de la cuestión.

La Patagonia fue la pasión de Onelli. De ese amor nació la sonora fábula del misterioso plesiosaurio, historia que le valió bromas y chistes, pero que le dio la satisfacción de atraer la atención del mundo sobre las regiones de nuestro sur, que no otra cosa pretendía al lanzar al mundo la apasionante aunque increíble noticia.
Entre los muchos párrafos que lo exhiben en una prédica profética sobre la Patagonia, vienen a cuento estas líneas: Son tantas las cuencas lacustres encerradas en las frescas quebradas de la Patagonia, que bien puede llamarse como Finlandia, El país de los mil lagos. La Patagonia para los veranos extenuantes de Buenos Aires.
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Fuente: Revista Argentina Austral Nº 360 - Año 1961

Video "La imigración Italiana".

LOS SALESIANOS EN LA COLONIZACIÓN DE RIO GRANDE - TIERRA DEL FUEGO - Por Carlos Baldassarre

La Obra de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales, conocida vulgarmente como la Congregación Salesiana, fue fundada por Don Juan Bautista Basca en Turín (Italia) el18 de diciembre de 1859.

Inspirado en cultivar el espíritu de la juventud e impartir enseñanzas religiosas, sembró su camino de oratorias y escuelas para niños a las que se agregaron las de niñas, luego de la creación de la Orden de las Hijas de María Auxiliadora y de tal manera se consolidó la piadosa misión salesiana que pocos años más tarde, su obra no sólo se había extendido por toda Italia sino que el prestigio también se difundía por Europa, especialmente España, Francia e Inglaterra.

Pero era menester aún, en 1875, emprender la etapa más difícil y por lo tanto más meritoria de la gran obra educacionista de Don Basca, llevando sus enseñanzas a los jóvenes países de América del Sur, donde "la barbarie no había sido todavía desterrada del todo".

Sabido es que uno de los anhelos más acariciados por el santo, era justamente el de evangelizar la Patagonia, lo cual incluía también la atención de los inmigrante s italianos y singularmente el cuidado de la juventud humilde y abandonada.

Por lo que una vez finalizados todos los preparativos para la primera expedición salesiana a la Argentina, Don Bosco se despide de los misioneros de la siguiente forma: "Buscad almas, no dinero, ni honores, ni dignidades ... en las fatigas y en los sufrimientos no olvideis que tenemos un gran premio preparado en el cielo ... "

Es así como un grupo escogido parte de Génova, a bordo del Savoie, rumbo al puerto de Bs. As. a donde arriban el 14 de diciembre de 1875.

Los evangelizadores, encabezados por el sacerdote Juan Cagliero (doctor en sagrada teología) eran los siguientes: José Fagnano, doctor en bellas letras; Domingo Tomatis, doctor en bellas letras; Juan Bautista Baccino, profesor de metodología superior y Valentín Cassinis, profesor de metodología. Estos eran acompañados por los coadjutores: Juan Bautista Allavena, profesor de gimnasia; Bartolomé Molinari, maestro de música instrumental y vocal; Bartolomé Scavini, maestro de carpintería; Vicente Gioia, maestro zapatero y Esteban Belmonte, administrativo.

Era entonces presidente de la Nación, el doctor Nicolás Avellaneda; gobernaba la arquidiócesis de Bs. As. el arzobispo Federico Aneiros y el primer escenario de la acción salesiana fue la iglesia Mater Misericordiae o de los Italianos, ubicada en la calle Moreno y Solís, en las inmediaciones del Congreso.

El padre Cagliero le escribe a Don Bosco: "Al día siguiente de nuestro arribo, ya se nos esperaba en la Iglesia de los Italianos, consagrada a la Madre de la Misericordia y provistos de las facultades necesarias confesamos y arrancamos de las garras del demonio a almas que hacía mucho tiempo que yacían esclavas del pecado ... "

Cabe destacarse, que los salesianos llegados al país, debieron enfrentarse con un ambiente totalmente hostil y manifiestamente en contra de la religión, dado que singularmente en Bs. As. se habían dado cita los peores elementos sociales.

"La gente frecuenta muy poco los templos de Dios; son raros los que se confiesan ... la poligamia y el adulterio están a la moda ... la masonería progresa día a día. " (Fray Porreca: 1874, Archivo General de la Orden de Frailes Menores, Roma, caja Argentina 1869-1886).

No obstante ello y con la tenacidad que caracterizó a cada miembro de la Orden, el padre Cagliero, ya había fijado metas de mediano y largo alcance antes de que hubiesen transcurrido los diez meses luego de su arribo. Y cuando a su vez, los salesianos comenzaron a recibir solicitudes de apoyo por parte de los sectores privados y eclesiásticos; pronto se encontraron comprometidos en una tarea agotadora y sin descanso.

El cura párroco de Dolores, Provincia de Bs. As., y el doctor Jorge Poulson, catedrático de Córdoba, fueron los primeros en solicitar el apoyo de los misioneros, luego el Colegio de San Nicolás de los Arroyos y más tentador aún fue el llamado de Antonio Oneto, ante la problemática surgida por la instalación de una colonia galesa en la desembocadura del río Chubut. En las fuentes del mismo al pie de la cordillera, vivían numerosos grupos de indios rampas y muchos más cerca, se asentaban los patagones - pampas, por lo que se hacía necesario la presencia de los salesianos para “evitar la incidencia protestante -teológicamente controvertible- en la evangelización de los aborígenes. "

Al recibir Don Basca las noticias sobre el éxito obtenido en esta fase inicial de la expedición, decidió enviar entonces otros dos contingentes al Río de la Plata. El primero, dividido en dos subgrupos, arribó en 1876, bajo la dirección de los sacerdotes Francisco Bodratto y Luis Lasagna respectivamente, éste último, fundador de la obra salesiana en Uruguay, Brasil y Paraguay.

La segunda comitiva, llegó a Bs. As. en 1877, guiada por el presbítero Santiago Costamagna, de gran actuación posterior al igual que la de uno de sus seguidores, el padre Domingo Milanesio.

Ahora bien, con respecto a los comienzos de la obra misionera salesiana en la Patagonia, puede inferirse que se sustentó en tres fases sucesivas y complementarias, como lo son:

- La exploración del terreno y base de operaciones, entre los años 1878 y 1879, donde se destacaron las largas travesías del padre Milanesio.

- La entrega de la Misión por parte del arzobispo de Bs. As. Monseñor Aneiros, y comienzo de la acción salesiana en la Patagonia, con su llegada a la parroquia de Cannen de Patagones, el 20 de enero de 1880.

- Y por último, desde la creación del vicariato y prefectura apostólica de la Patagonia Meridional en adelante (1885).

Es digno de mencionar aquí que la Obra de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales alcanzaría con los años un gran desarrollo, luego de que se confiara al celo misionero de los hijos de Don Bosco casi la mitad del suelo argentino, desde el sur de la provincia de Bs. As. y la gobernación de La Pampa hasta Tierra del Fuego e Islas Malvinas.

Luego con la constante afluencia de salesianos venidos de Italia, la Orden alcanzó un estado de crecimiento continuo e ininterrumpido.

Por lo expuesto y con la aceptación de la Patagonia como zona de actividad apostólica, Don Bosco había logrado el primer paso de sus aspiraciones: LA MISION. Pero en función de los comentarios que le llegaban desde Bs. As., a través de la pluma del padre Cagliero, con relación a las trabas que veladamente el sector oficial colocaba en el camino de la consolidación de la obra, el santo presintió que la erección de un vicariato y prefectura apostólicos sería indispensable complemento para la efectividad de la misma. De esta manera, las mencionadas interferencias serían pasadas por alto al depender, la Obra, directa y exclusivamente de Roma.

De manera tal que, en el año 1883, Don Bosco presentó sus ponencias ante la Sagrada de Congregación de Propaganda Fide y bajo sugerencia del mismo Padre Santo León XII, dividió la Patagonia en tres vicariatos apostólicos sobre los cuales, el 29 de julio de 1883, realiza el siguiente análisis: "Parece que por ahora pueden bastar un solo vicariato en la Patagonia Septentrional y una prefectura apostólica en la Meridional. La Patagonia Central no ha sido aún suficientemente explorada y la parte de la misma, algo conocida, está en manos de los disidentes (galeses)".

En cuanto a los candidatos para ocupar tales jerarquías, concretaba Don Bosco: "El doctor Juan Cagliero es idóneo para vicario apostólico del Carmen, con jurisdicción sobre el vicariato central, hasta que pueda proveerse éste del pastor deseado ... Don Fagnano es, así mismo, muy apto para el vicariato o prefectura de la Patagonia Meridional. De hercúlea complexión, no sabe lo que es el cansancio ni temor en las empresas dificultosas. "

En el Archivo de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide (Roma), vol. 379 (1883), f. 523 y 524, figura la siguiente sentencia: "En la audiencia papal tenida el 2 de septiembre de 1883, Su Santidad el Papa León XIII se dignó a aprobar benignamente la solicitud presentada por el sacerdote Juan Bosco, nombrando conjuntamente a los eminentísimos y reverendísimos Padres.”
Posteriormente y entrando ya en el campo específico del presente trabajo, el cardenal Juan Simeoni, prefecto de la Sagrada Congregación, decreta con fecha 16 de noviembre la erección de "la sobredicha prefectura en la parte Meridional de la Patagonia, con inclusión de las Malvinas y demás islas existentes junto al estrecho de Magallanes." Advertíase a su vez, en el mencionado documento, la imposibilidad de dar límites precisos a la nueva prefectura, dado que la región no había sido aún totalmente explorada.

La jurisdicción abarcaba la actual provincia de Santa Cruz, el Territorio Nacional de la Tierra del Fuego, las Islas Malvinas y todo el sur de Chile, colindante con la diócesis de Ancud.

El novel prefecto apostólico, Monseñor Giuseppe Fagnano, había nacido el 9 de marzo de 1844 en Rocchetta Tánaro, de la provincia de Alejandría, Italia. Sobre él comenta don Armando Braun Menéndez (1971:114) "Alistado en las filas garibaldinas, conoció muy mozo la ruda realidad de la vida militar combatiente. Pero cierto día conoció a Don Bosco y como para tantos otros, esta vinculación señaló su destino al hacerle germinar el espíritu, en forma avasalladora, de la vocación sacerdotal" .

Ingresó al Seminario de Asti y luego en la Universidad del Estado, Turín, que le otorgó al término de sus estudios el título de profesor.

En septiembre de 1868 fue ordenado sacerdote e incorporado a la Casa Madre de San Francisco de Sales a fin de consagrarlo a la enseñanza. A esta tarea se hallaba abocado, cuando se enroló en la primera expedición salesiana a la Argentina.

Una vez en B s. As. le correspondió a Fagnano dirigir el Colegio de San Nicolás de los Arroyos, del cual fue relevado en 1879 debido a la mala administración que éste ejerciera durante su gestión, por lo que meses después y revista la medida, es nombrado párroco de Patagones, villorio situado en la margen norte del río Negro, verdadero atalaya de la República sobre el desierto sureño. (12 de enero de 1880).

Finalmente, cuando le llega la novedad sobre su designación como prefecto apostólico, Fagnano, iniciará una época que lo caracterizará por siempre como uno de los adalides de la obra misionera.

A los efectos de inspeccionar los territorios encomendados, Monseñor Giuseppe Fagnano logra enrolarse como numerario en la expedición encabezada por el oficial del Ministerio de Guerra, Dn. Ramón Lista, la cual parte del puerto de Bs. As. el 31 de octubre de 1886 a bordo del transporte naval Villarino. En la misma, se encontraba también el cirujano de segunda clase de la Armada, Polidoro Segers y el 21 de noviembre del mismo año arriban, sin mayores contrariedades, a la bahía de San Sebastián.

Una vez allí, relata el padre Lino Carvajal: "Nos hallábamos en la Tierra del Fuego, en una expedición científico militar. Su Jefe, el señor Lista, hombre de índole dura y violenta, había ordenado hacer fuego contra un grupo reducido de indios, de los que algunos cayeron para no levantarse más. El sacerdote Fagnano, capellán de la expedición, al oír los disparos corrió al lugar del suceso y encontró allí al Jefe, con 25 soldados y algunos indígenas salvajes heridos, que lanzaban gritos y lamentos. Entonces don Fagnano se transformó en un héroe. Acercándose valientemente al señor Lista le afeó con francas palabras su delito. Todos temíamos por su vida, porque el oficial por momentos se encendía de cólera y por otros palidecía delante del hombre de Dios, que en aquellas soledades se levantaba como un profeta para condenar la crueldad del soldado. Estaban prontos 25 fusiles que a una mínima señal se habrían descargado contra aquel pecho valeroso. Entonces comprendí que Monseñor Fagnano era un verdadero héroe, digno de admiración." (Archivo Central Salesiano, Roma, 273/12/2).

En lo que siguió de la exploración, Fagnano, con la única compañía de Polidoro Segers, marchó a la vanguardia de la columna y cada vez que tropezaron con los aborígenes, mantuvo contactos pacíficos con ellos.

Ya de vuelta en Bs. As., Monseñor, informa al arzobispo Aneiros sobre el plan de conquista espiritual que se había propuesto llevar a cabo y el 12 de julio de 1887 embarca en el vapor Theben de la Compañía Kosmos, junto al padre Antonio Ferrero, el clérigo Fortunato Griffa y el coadjutor José Audisio, rumbo a la ciudad de Punta Arenas, sede elegida para la nueva prefectura y que en aquel entonces' 'estaba por su situación llamada a ser el mercado de la Tierra del Fuego y de la Patagonia desde Santa Cruz al sur." (Belza, 1974:92).

Ante el asombro generalizado, por la falta de costumbre de ver "tantos religiosos juntos", los salesianos desembarca­ron en la capital magallánica y de allí en adelante "los sacerdotes italianos se transformarían en providenciales protagonistas en los campos de la Fe, la educación popular, la evangelización de los aborígenes, la promoción social y el adelanto de la cultura, ligándose definitivamente a la historia del poblamiento austral... " (Mateo Martinic B. 1988:240).

La pasividad franciscana de otrora, no podía compararse por cierto con la actividad salesiana que hubo de generarse con el arribo de los mismos. Prontamente Fagnano comenzó su obra "in situ" fundando la Escuela de Hombres San José, hoy en día ya centenario y prestigioso Liceo, simultáneamente construye una capilla contigua a la propiedad adquirida como casa de los salesianos en un gran solar, privilegiadamente ubicado (Magallanes y A v. Colón) justamente donde antaño estuvieron situado el cuartel de los artilleros y el 4 de febrero de 188.9, se asientan las bases de la Misión de San Rafael, en la isla Dawson, destinada a proteger a los aborígenes (alakalufes y selk'nam) sobre una concesión a 20 años, otorgada por el gobierno de Chile.

Pero monseñor mantenía sus ojos fijasen la Isla Grande de Tierra del Fuego, la cual ya había visitado nuevamente en los últimos meses del año 1887 y sobre la que le informa al Ministro de Culto, Dr. Filemón Posse, " ... Me he convencido de que es necesario fijar nuestra residencia en un punto, levantando casas para estar continuamente con ellos (los aborígenes) durante todo el año, para instruir a los niños y a ellos mismos ... "

Luego de entrevistarse con el presidente de la Nación, Dn. Luis Sáenz Peña, en 1892 y obtener su apoyo verbal, manifiesta al gobernador de Tierra del Fuego, Mario Cornero, por nota del 1º de marzo: "Deseo trabajar para civilizar a los indios onas y establecer un centro sobre el río Grande para atraer a todos los indios de la parte norte como la del sur, enseñándoles junto con las verdades cristianas los trabajos del campo. "

Pues bien. Conviene analizar ahora, antes de continuar con los hechos que precedieron a la fundación de la Misión del río Grande, la organización espacial de la sociedades aborígenes pertenecientes a la Tierra del Fuego, dado que el grado de ocupación del espacio sur - fueguino era notablemente más elevado que el de la Patagonia Continental e inclusive al de la región pampeana. (Orquera 1983:3).

Los indígenas, ya fueran selk'nam (onas), haus, yámana o alakaloup, todos habitantes por siglos del archipiélago fueguino, convivieron íntimamente con la naturaleza como un integrante más de los distintos ecosistemas que conforma­ron.

Las alteraciones o transformaciones que provocaron en el paisaje natural, son incomparablemente menores en intensidad a las que en escasos cincuenta años se produjeron con la incorporación del mencionado espacio al "mundo civilizado" (Rondel, 1984:7) .

Así, el grupo de los selk'nam, en correspondencia con los Tehuelches de la estepa patagónica, se destacaron como cazadores nómades pedestres dependientes de los guanacos (Lama guanicoe) y los coruros (Ctenomys magellanicus fueginus). Subdivididos en dos subgrupos de especialidades diferenciadas y recíprocamente hostiles, tenían al río Grande como línea divisoria natural de los chonkoiuka (selk'nam del norte) o párika (gente de la pradera), de los ham-ska (selk"nam del sur) o hérska (gente del bosque).

La característica más importante de estos cazadores especializados, consistía en una estrecha vinculación con determinadas especies animales cuyos circuitos, concatenados al ciclo reproductivo y/o los desplazamientos migratorios estacionales, conocían a la perfección y constituían sus propias rutas de trashumancia, aunque éstas se limitaban a superficies específicamente delimitadas y pertenecientes, cada una, a un grupo o "familienbesitzen" o banda, que sólo excepcionalmente superaban los cincuenta individuos.

El número de estos territorios o haruwen varía de acuerdo a diversos autores, entre los cuales se destacan al padre Martín Gusinde con una apreciación de 39 haruwens, hasta los 80 descriptos por Anne Chapman, cifra que debe coincidir con igual número de linajes originales. Pero en definitiva, la relación con el espacio se hallaba directamente ligada a la presencia del guanaco, cuya abundancia permitió una distribución dispersa y poco conflictiva.

Los primeros contactos asiduos entre blancos y selk’nam se desarrollaron alrededor de centros de explotación aurífera (San Sebastián y El Páramo en la Argentina y Boquerón, Gente Grande, etc. en Chile), donde los sa1vajes se encontraron con rudos y sacrificados mineros de los más diversos orígenes. Por supuesto la minería no resultó competitiva para los cazadores y salvo situaciones desgraciadas provocadas por la presencia de los mineros, no se alteró mayormente el modo de vida indígena.

Pero la política de colonización ganadera emprendida por los gobiernos de Chile, primero y Argentina después (1890-­1897) constituyó sí, el hecho determinante de la alteración de toda esa organización espacial espontánea mantenida por los selk'nam.

El surgimiento de las estancias con sus campos alambrados, la introducción del ganado ovino y la disminución drástica del número de guanacos, sopesaron definitivamente sobre los indígenas. Los menos fueron rescatados o "recluidos" (como afirman algunos autores) en las misiones salesianas mientras que la mayor parte desapareció, víctima de las enfermedades introducidas por el europeo, el alcohol o directamente de la “caza" que se ejerció sobre ellos.

Comenta Bondel (1984) que la distribución de tierras para la economía colonizadora tomó una urgencia tal que impidió comprender y resolver la cuestión indígena. Sólo quedaron algunas zonas boscosas o las misiones salesianas como alternativas y el indio emprendió entonces un enfrentamiento directo y espontáneo para mantener la organización de su espacio, en donde el colono había reemplazado al ágil guanaco por la oveja mansa y fácil de cazar.

Así fue como durante los primeros años de colonización ganadera existió una lucha abierta para imponer una nueva organización espacial por un lado y mantener la original o preexistente por el otro. Pero la imposición de los "recién llegados" fue tan veloz, que hasta las creaciones tardías como las áreas de reserva resultaron prácticamente inútiles, quedando por lo general como reserva inmueble del tesoro nacional.

La otra sociedad nómade pedestre, fue la haus.

Esta, luego de un complejo proceso de absorción cultural por parte de la cultura selk'nam, quedó confinada en unos pocos territorios de la península Mitre. Su organización espacial se relacionaba con la costa de donde obtenía gran parte de sus alimentos básicos, si bien es cierto que también integraban a su dieta el producto de la caza del guanaco y diversas especies de aves, por lo que se los consideró como un pueblo con un género de vida tradicional definido entre costero y terrestre (Orquera, 1977:19). A lo cual, agrega Amoldo Canclini (1981:43): "No existen dudas que fue el primer grupo indígena que entró en un proceso general de decadencia", mientras se producía la transformación del paisaje con la presencia de los loberos, mineros y estancieros.

En lo que a nuestro territorio nacional corresponde, queda aún mencionar la existencia de la sociedad yámana, nómade canoera, la cual se hallaba subdividida en cinco grupos dialectales diferentes que habitaban en los canales fueguinos, desde el estrecho de Le Maire hasta la península Breacknock esparciéndose por el extenso mundo insular hasta las islas Wollaston.

Pero tanto este pueblo como el de los alakaloup (nómades canoeros del archipiélago occidental de la Tierra del Fuego, Chile) no se relacionaron con la acción colonizadora salesiana en el río Grande.

Retornando el camino seguido por Fagnano resulta que éste decide realizar un viaje de inspección al lugar de la futura residencia sobre el río Grande, por lo que dispone una expedición cuyos pormenores narró años después el padre Giuseppe Maria Beauvoir en sus Memorias, luego de ser el brazo derecho de Monseñor a lo largo de toda su obra fueguina.

A bordo de una goleta de treinta toneladas de desplazamiento, comprada en Ancud y bautizada María Auxiliadora, embarcaron el prefecto apostólico, Beauvoir, el coadjutor Juan Ferrando, dos peones y dos indios) de la Misión de San Rafael, con más de doce caballos y víveres.

Zarparon el 15 de febrero de 1893 y después de cruzar la bahía Inútil desembarcaron en la Isla Grande, en una ensenada del Seno Almirantazgo, al atardecer del mismo día.

Dos días después iniciaron la marcha, llegando a la vista del Océano Atlántico el 25 de febrero, a la altura del cabo Domingo.

Habían extraviado el camino, cuando un encuentro con el inspector de policía de San Sebastán, Don Ramón L. Cortés, los orientó. Estaban sobre el río Grande, que siguieron hacia el este, hasta llegar a su desembocadura en las inmediaciones de puerto Golondrina, zona proyectada para el asentamiento de la Misión.

Era un sábado cuando acamparon junto al río y el domingo lo dedicaron al descanso y los servicios religiosos. En sus anotaciones, Fagnano, asienta: "Este será el puerto de la Tierra del Fuego." Y vale la pena reseñar aquí, el informe elevado por el teniente de fragata Eduardo O'Connor en oportunidad de efectuar el sondaje y estudio de factibilidad del puerto Golondrina y la desembocadura del río, durante el año 1891: "Después de haber recorrido gran parte de Tierra del Fuego queda el convencimiento de que la parte más adecuada para el pastoreo, es la situada en las inmediaciones del río Grande ... Es indudable, pues, que ofreciendo este paraje tantas ventajas debe instalarse en él, el centro principal de la población." (Belza, 1974:273)

Convencidos sobre lo apropiado del lugar para instalar la Misión, los salesianos emprendieron el regreso pero esta vez con rumbo norte, a los efectos de comprobar la veracidad de algunos rumores sobre frecuentes encuentros violentos entre selk'nam y mineros de la zona de San Sebastián.

Cruzaron los ríos Chico o Carmen Silva y San Martín, llegando a El Páramo, donde tenía instalado su establecimiento central el famoso aventurero Ing. Julio Popper y donde descansaron un día y medio “gentilmente aposentados por el Sr. Bruno Ansorge, representante de Popper."

Finalmente, el14 de marzo llegan a la bahía Inútil, donde encienden grandes fuegos como señal convenida para llamar a la goleta surta en la isla Dawson.

Así concluye esta primera incursión, restando lo más difícil que consistía en llegar al río Grande con todos sus enseres y adminículos para el establecimiento de la Misión.

Con respecto a las experiencias adquiridas en los sucesivos encuentros con los aborígenes, Fagnano describe: "El ona (selk'nam) es un indio fuerte y bien formado; capaz de ser instruido. Pienso que no es conveniente que se unan, en la Misión San Rafael, con los alakaloup, que tienen muchas enfermedades traídas por los europeos y que desgraciadamente se transmiten de generación en generación. El señor nos conceda la gracia de poder ocupamos pronto de estos pobres desvalidos, para hacerlos buenos cristianos." (Borgatello, 1929:214)

En unos apuntes del padre Borgatello, pertenecientes al año 1914 y depositados en el Archivo Central Salesiano, Roma, 273/12/1 (12) Mons. Giuseppe Fagnano, se lee el siguiente comentario: "Y sucedió que sin conocer aún dónde se pondría pie, ni contar con la posesión del campo que se iba a ocupar, fiándose tan sólo de una simple autorización verbal de ocupación por parte de un representante del gobierno nacional, Monseñor Fagnano alquiló el barco Amadeo, de propiedad del señor José Menéndez de Punta Arena, cargándolo cuanto más se pudo, con tablas, vigas, chapas de zinc onduladas, 32 vacas, 12 terneros, 10 caballos, algunas cabras, perros de caza, perro guardianes, víveres para un año, calculando un centenar de personas y no sé cuántas otras cosas, a más de cuatro carpinteros y pastores, en parte salesianos y en parte personas conchabadas a 300 liras el mes. "

La expedición, que parte de Punta Arena el 9 de junio de 1893, estaba integrada por el padre Giuseppe Maria Beauvoir, designando superior; el padre Bernabé, hábil constructor y director de las obras que se realizaron; los catequistas Antonio Borghese y Pablo Ronchi, de capataz carpintero y cocinero respectivamente; el hermano Juan Ferrando, que haría las veces de maestro catequista y mayordomo de la estancia proyectada; y algunos aspirantes nativos, como Jacinto Villacura, Cesáreo Lobos y José Miguel Clafate.

Luchando contra los fuertes vientos del sur el Amadeo llegó a la barra del río Grande, pero contra todo lo previsto, su capitán, se negó rotundamente a introducirse en él hasta puerto Golondrina si previamente no se le aseguraba la totalidad del barco.

Beauvoir, sospechando un ardil del comandante para hundir la nave y cobrar por ello una pingüi indemnización, no aceptó tal imposición y luego de una acalorada discusión seguida de una noche de reflexión el referido capitán emprendió el regreso a Punta Arenas.

Remontando la costa atlántica hacia el norte, en San Sebastián, el práctico de a borde (Pellegrino Masías) insinuó al superior y éste aceptó, bajar todo el cargamento en arroyo Gama para transportarlo posteriormente en carretas hasta el lugar escogido. Pero fue un grave desatino.

Cuenta la crónica del padre Borgatello: "No alcanzando a ponerse la nave junto a la costa, que era de escaso fondo, se descargaron 3000 tablones sobre ocho barcazas, confiando que el oleaje las acercase a la orilla. Pero sucedió que, llevadas mar adentro, se perdieron todas. Colocóse así mismo cantidad de chapas de zinc sobre unos flotadores con tanto exceso, que todo se lo tragó el mar. De nueve vacas que se bajaron, dos perecieron atadas juntas a una lancha que tumbó; y milagro fue que no corriera igual suerte el coadjutor Borghese ... Muchos víveres también arrastró el oleaje".

Con lo poco desembarcado se construyó un cobertizo y mientras el Amadeo seguía su ruta a Punta Arenas, con el padre Bernabé en demanda de auxilio, el resto de la expedición se dispuso a esperar su regreso.

El padre Beauvoir escribe en sus Memorias (Archivo Central Salesiano, Roma, 275 - D. Giuseppe Maria Beauvoir; cuaderno 4): "Debíamos tener paciencia y esperar cuatro largos meses, contando las semanas y los días que necesitaba don Bernabé para llegar a Punta Arena, hablar con Fagnano preparar una nueva embarcación y correr en nuestra ayuda. "

"En ese tiempo expedí varias cartas por medio de marineros que aquí vienen y vuelven por tierra, pero no obtuve ninguna contestación. Entre tanto los víveres escaseaban ... Decidí, entonces, ir yo mismo a Punta Arenas por tierra cuando eran los últimos días de septiembre. Tomé prestados caballos del encargado de El Páramo y partí junto a un joven marinero. Ya en punta Anegada, una lancha me llevó hasta la Delegación (en el sur del continente) con lo que pudimos, sin dificultad, cubrir el resto del camino. "

Una vez arribado a la ciudad magallánica, Beauvoir, tomó conocimiento de que el prefecto apostólico había entrevistado a "todos los armadores de buques, solicitando y rogando que a cualquier precio lo ayudaran a salir del atolladero" pero sin respuesta afirmativa.

Ausente Fagnano, tomó cartas en el asunto el padre Borgatello pero sin adelantar un paso. Por lo que Beauvoir decidió partir, él mismo, con la goleta María Auxiliadora cargada hasta el tope.

Lo acompañaría, el marino portugués Manuel Pereyra con su goleta King Fisher, en la que embarcaron el propio Beauvoir y el padre Guillermo del Turco. Zarparon de Punta Arenas el 27 de octubre de 1893 y capeando fuertes temporales llegaron a bahía San Sebastián, donde recogieron a los hermanos que habían permanecido en arroyo Gama junto a la carga que pudieron conservar. Luego y no sin menos obstáculos, enfrentaron la barra del río Grande, superándola, para fondear finalmente en puerto Golondrina, el 11 de noviembre.

Una vez allí, se desplazaron hasta los Barrancos Negros, donde debía establecerse el asiento de la Misión, y levantaron la primera casa "sobre la margen izquierda, unas seis millas arriba de la boca y a unos cincuenta metros del río.”

El domingo 12 de noviembre se celebró la primera misa “sobre la playa de este río que será....nuestra Misión", anota Beauvoir al tiempo que agrega: "Ya empecé a trazar el área del galpón norte, a una cuadra de una pintoresca lagunita, donde pienso establecer la casa misión apenas tenga todo el material que necesito.”

El lunes 13, desembarcaron el resto del cargamento que permanecía aún en las goletas y se dedicaron inmediatamente a la construcción de la nueva colonia.

Todo parecía resuelto en la Misión que los salesianos bautizaron Nuestra Señora de la Candelaria, aunque faltaban los destinatarios de la misma, a quienes aparentemente había tragado la tierra. Transcurrieron así cuatro meses, sin que se hubiera producido ningún acercamiento con los nativos, cuando un día, luego de probar todo tipo de estratagemas "se presentaron en la margen derecha del río, frente a la casita situada a la izquierda, tres sujetos vestidos como cristianos y detrás de ellos otros seis indígenas seguidos de mujeres, niños y una gran cantidad de perros. "

Se repartieron cobijas y galletas para todos, los que prometieron volver con el grupo mayor al día siguiente, como sucedió conforme a lo relatado por Beauvoir. "Al día siguiente, muy de mañana vimos descender desde las alturas del río una columna interminable de gente cubierta con pieles de guanaco ... "

La desconfianza de todos se transformó en algarabía cuando, tras palabras amistosas, comenzó el reparto: una frazada entera para la gente grande, mitad para los niños y galletas para todos. Poco después las mujeres se entretenían levantando sus toldos a unos doscientos metros de la Misión. Y de esta manera, el 25 de marzo de 1894, empezaron los misioneros la catequización en el marco del asentamiento de la Candelaria.

Mientras tanto, Monseñor Fagnano, movía desde Punta Arenas todos los resortes necesarios para asegurar el abastecimiento de los hermanos del río Grande. Es por ello que, el 22 de julio, zarpa de Punta Arena a bordo de la tan suspirad embarcación de: 150 toneladas, 450 caballos de fuerza y 300 toneladas de capacidad de carga, la cual registró con el nombre de Torino; atestada de materiales de construcción y que por los temporales sólo pudo llegar a la Candelaria el 10 de agosto.

Cuenta Beauvoir en sus Memorias, que la llegada de Fagnano a la Misión del río Grande fue un verdadero acontecimiento y que antes de regresar a su sede, el prefecto apostólico le asignó un nuevo lugar al asentamiento, a la vera de tres manantiales, distante “del puerto más o menos una legua" en el paraje conocido como los Chorrillos (inmediacio­nes del actual cementerio).

Una vez en Punta Arenas, Monseñor, le confiere al padre Bernabé la responsabilidad de la construcción de una iglesia, galpones y casas para los salesianos, las hermanas que llegarían luego y para habitación de los indios. Calculaba alrededor de cien casitas para estos últimos, aunque se necesitarían acaso muchas más.

Para ello, el nuevo vaporcito Torino fue alistado con todos los materiales necesarios en la construcción de la nueva colonia salesiana a donde llega, el 28 de octubre, con el cargamento sobredicho más gran cantidad de hierro, víveres y vestuarios.

Sobre la marcha, lógicamente, fue aumentando la confianza de los aborígenes cuando el 3 de abril de 1895 llegan las primeras hermanas, Hijas de María Auxiliadora, a cargo de sor Luisa Ruffino acompañada por: sor Rosita Masobrio, Vicaria y cocinera; sor Rosa Gutiérrez, maestra y una joven aspirante, bautizada por las monjas con el nombre de María Auxilia, las que fueron recibidas por los onas con “respeto reverencial y un cierto cual inexplicable cariño. "

Concluye así el duro período inicial de la Misión del río Grande, cuyo motor, D. Guiseppe Maria Beauvoir, es sabiamente relevado de su cargo por Monseñor Fagnano con quien regresa a Punta Arenas el 13 de julio de 1896.

"Me alejo no sin pena (escribirá Beauvoir) gran parte de mi corazón está aquí ... pegado a estos queridos indiecitos. " "La Misión de Nuestra Señora de la Candelaria de Río Grande estaba fundada en toda la amplitud del sentido de la palabra." (Belza, 1974:355)

Lo sucede en la dirección de la casa el padre Fortunato Griffa y por etapas, se fueron manifestando grandes acontecimientos entre los aborígenes quienes entraban a pie firme en la vida civil de la Candelaria.

Todo transcurría normal y felizmente cuando el 12 de diciembre de 1896, se declaró de improviso un incendio de tal magnitud, que en menos de una hora redujo el agotador empeño de varios años a un estado de escombros. Daba la noticia el padre Griffa, desde la Misión al Padre Borgatello, tres días después: "El día 12 último a la una y media de la tarde, no se sabe cómo, tomó fuego la casa de las Hijas de María Auxiliadora, y en menos de una hora todo el vasto edificio de madera destinado a las hermanas y a las indias, la iglesia, la casa de los salesianos y el hospicio de los niños quedaron reducidos a cenizas.”

Continúa la Crónica: "El momento era tan terrible como para perder la cabeza. Se agotaron todos los medios imaginables para extinguir el fuego y aún los nativos dieron muestra de gran actividad empeñándose en el transporte de objetos y muebles; de suerte que pudieron arrancarse de las llamas diversos enseres de primera necesidad.”

Pero esto sólo correspondía al pasado, dado que quedaba la patética realidad del presente: "Y henos aquí ahora de nuevo en el desierto, sin casa y sin medios de subsistencia, rodeados de una turba de indios famélicos, que nos piden pan y vestimenta – pan material y pan espiritual- al que nosotros no nos es dado acudir. Es ciertamente desgarradora nuestra situación, si se piensa que ya teníamos 165 indios, sin contar los nómades de siempre. "

"Qué hacer? Deberemos abandonarlos ahora que tanto han progresado en el estudio de la religión y de la civilidad? Deberemos retiramos de esta Misión que tanto promete así para la Iglesia como para la civilización de los nativos y el bienestar de la sociedad? Nunca! La Providencia vendrá en nuestra ayuda.” (Archivo Central de las Hijas de María Auxiliadora, Bs. As., Cronaca Missione della Candelaria(189S-1912).

Entre chapas retorcidas y tablas quemadas vivieron misioneros e indios hasta que en el mes de julio de 1897 llegó Fagnano y escogió el nuevo sitio para el asentamiento de la misión: “tres cuadras al norte del actual potrero, en la desembocadura del cañadón ..." o sea, en su emplazamiento actual a unos diez kilómetros al norte del río Grande junto al mar y cercano al cabo Domingo. Y tanto se activó la obra, que el 9 de noviembre del mismo año figura triunfante en el Diario de la Misión: "Hoy nos trasladamos a la nueva casa. "
Para cubrir los ingentes gastos producidos por el siniestro y asegurar la subsistencia de los moradores de la Misión, Monseñor, consiguió dos empréstitos: uno del Banco de Novara (Italia) y otro de particulares, por un monto total de 360.000 liras. Compró además en islas Malvinas más de 4000 ovejas, las cuales, con otros lotes de animales pagados a vecinos de la Isla Grande constituirían con los años un fondo seguro de producción, para el saldo de las deudas contraídas y el mantenimiento de la obra misional.

Este vuelco a la actividad colonizadora como medio de protección al fundamento evangelizador resultó tan acertado y tan bien implementado, que la Candelaria llega a autoabastecerse en el año 1901 yen 1904 comienza a devolver con sus propias ganancias los enormes gastos de instalación que hubo demandado en su momento.

"Visto el ensayo y ejemplo de Fagnano que había introducido ovejas y habilitado el puerto de río Grande, se establecieron luego grandes estaciones en la zona de influencia." (Los salesianos de Sud (Rep. Argentina) Trabajos y riquezas, Bs. As. 1906, pág. 67).

El 5 de junio de 1900, la Crónica de la Misión señalaba 90 indios externos, más 43 niños internos y 35 internas: 168 en total.

Sobre las enseñanzas religiosas impartidas a niños y adultos se agregaba la escuela, en donde aprendían lectura, escritura, cálculos y geografía. Todos los días había que ejercitarlos en las tareas manuales y llevar a los mayores con el coadjutor Ferrando "para que aprendan los trabajos del campo."

En 1904 el casco central de la Misión emergía como una pincelada roja en el marco verde e inconmensurable de su entorno geográfico.

Los salesianos habían levantado ya la friolera de 35 edificios, 6 de dos pisos; galpón de esquila, baño de ovejas, puesto del cerro la Leña, puesto Loreto en cabo Domingo, santuario al Redentor, matadero, galpón del puerto, casa reconstruida con los restos de la Misión quemada, horno antiguo, taller de las Hermanas, enfermería de mujeres, cocina común, aulas y talleres de los varones, varias casillas depósito, horno nuevo, casillas para vigilancia de lotes y finalmente la iglesia, que había sido inaugurada solemnemente el 1 de enero de 1899. Además de ello, se tendieron ciento diez kilómetros de alambrado y cercaron 20.000 hectáreas subdivididas en una docena de lotes, con 1575 rollos de alambre, 8190 postes y 15000 piquetes.

En poco tiempo los campos se poblaron de ovejas, yeguarizos y vacunos, mientras que Fagnano consolidaba sus planes de organizar una fuente de medios de manutención, no sólo para el sostenimiento misionero, sino también para los nativos que debían "capacitarse hasta poder valerse por sí mismos y lograr la independencia." (Belza, 1975:335)

Pero esa facilidad con que Monseñor Fagnano se había instalado en la zona de Río Grande y mudado posteriormente sus asentamientos, amparado únicamente por una autorización verbal de Sáenz Peña y el hecho de haber sido el primero en establecerse, comenzó a interrumpirse a medida que comenzaron a llegar los ocupantes de tierras fiscales (producto de los remates promovidos por el Poder Ejecutivo de la Nación, a través de la Dirección de Tierras y Colonias, en 1897 y 1899) fundadores así mismo de las primeras grandes estancias del sector argentino.

Rápidamente los salesianos advirtieron que sin una concesión especial por parte de las autoridades nacionales, estaban edificando sobre un tembladeral.

El prefecto apostólico, que a partir de 1892 había mantenido repetidas e infructuosas instancias para alcanzar la propiedad de las tierras de la Misión, eleva una nueva solicitud el 14 de octubre de 1897 que alcanza a remover una disposición de gobierno por la que se reservaba "para usos fiscales el lote XLI de Tierra del Fuego", el mismo donde se radicaba la Misión y que significaba su sentencia de muerte. Y cabe señalarse aquí, que no sólo las autoridades nacionales jamás apoyaron abiertamente la obra salesiana, sino que también es cierto que no todos veían con buenos ojos el afianzamiento de la Misión del río Grande.

Un año y medio después, Fagnano, vuelve a solicitar al presidente Roca, en carta del 25 de mayo de 1899, la "concesión de unos diez lotes de terreno sobre el río Grande, lindando al este con la propiedad de Menéndez y al oeste con los límites del territorio chileno: cinco lotes al norte del río y cinco al sur, por veinte años. " (Archivo General de la Nación, Bs. As., Archivo Julio A. Roca, leg. 87 - Correspondencia recibida)

Esta última nota, conjuntamente con sus fundamentos, logró ablandar el corazón del presidente quién envió un mensaje al Congreso de la Nación con el proyecto de conceder a Monseñor Fagnano "en representación de los misioneros salesianos de la Tierra del Fuego, el uso de la superficie de 19.454 hectáreas de terreno”, que precisamente constituían el lote reservado por el decreto del 6 de abril de 1897" al fisco. El Senado aprobó el proyecto pero la otra cámara lo archivó.

Visto entonces que ni siquiera podía reafirmar el uso de los terrenos que ocupaba, Fagnano decidió comprarlos. No existía otra posibilidad.

Esclarecieron este punto los padres Juan Aliberti y José Crema, moradores de Río Grande en la primera década del presente siglo: "El gobierno argentino no dio ningún subsidio ni para la adquisición de los terrenos de Río Grande ... ni para la construcción de las casas y de la iglesia. Se adquirió el terreno a la manera de los otros propietarios y por el mismo precio. "

Una circunstancia imprevista vino a dificultar, aún más todavía, los trámites de compra. Por ley nacional del 3 de enero de 1903, el Poder Ejecutivo Nacional no podía vender más de 2500 hectáreas de tierras fiscales a un mismo propietario. Lo que llevó al prefecto a solicitar 20.000 hectáreas para ocho salesianos que iban a figurar como propietarios ante la ley.

"Monseñor Fagnano, superior de la Misión salesiana en Tierra del Fuego, ruega a Vuestra Excelencia se sirva tomar en cuenta que si adquirí derechos sobre los lotes XLI y XV de Tierra del Fuego, por haberlos ocupado y pedido, los renuncio a favor de los colonos: Juan Ferrando, Guillermo del Turco, Juan Zenone, Santiago Dalmasso, Javier Vigne, Juan Villa, Pablo Ronchi y José Riva ... "

No sin pocas trabas burocráticas intermedias, finalmente se aprueban las escrituras el 16 de octubre de 1913 y cuando el coadjutor Ferrando es expulsado de la Congregación, se transfiere su parcela al padre Mayorino Borgatello.

Constituyó esta compra el epílogo de trabajosos expedientes y continuas zozobras. Lo recordaría años después el padre Bemabé: “Se estaba siempre en peligro de ser desalojados o por codicia de algunos o el sectarismo de otros, que no podían ver con agrado el gran bien que se hacía ..."

Ahora bien, este verdadero triunfo sobre los intereses adversos a la obra misional, se opacó en la contraposición de una población aborigen en franca declinación.

A mediados de la década del noventa, se sumó a la persecución de la que eran objetos los aborígenes, una mortandad devastadora provocada por la gripe que a fines de siglo pasado había asolado al mundo y que en la mayoría de los casos, se complicaba con tuberculosis.

Este factor biótico, se potenció aún más con el nomadismo ancestral que animaba a los selk' nam y las características geográficas de Río Grande que, enclavada en la llanura fueguina, permitía la libre circulación de los nativos desde los centros de contagio de las enfermedades infecciosas a sus asentamientos naturales, transformándose de esta forma en agentes de transmisión.

Evidentemente, con la agonía de la sociedad aborigen la Misión comenzó a tambalear y en vista de ello, Fagnano, intentó repetidas veces reclutar gente en los bosques, sin ningún éxito.

En 1906, vivían en la Candelaria 27 onas. Y para entonces, el prefecto apostólico, había concebido un nuevo estilo misional que tal vez debió implementar desde un principio para evitar el desarraigo: el volante.

Esta innovación, inspirada en asegurar la continuidad de la obra, convertía a la antigua misión en un establecimiento de producción intensiva, destinada a mantener varias casas sucursales como bases de operaciones para los misioneros en campaña.

El 3 de mayo de 1907, el padre Juan Zenone inicia la primera experiencia netamente apostólica del nuevo período. Fue hasta cabo Inés y regresó cuatro días después a Río Grande, desde donde partió nuevamente el día 11, esta vez con destino a río Fuego y Viamonte. Lo acompañaba el coadjutor Dalmasso y repitieron esta visita el 18 de marzo de 1908, catequizando, bautizando y repartiendo ropa.

Pero la gran expedición fue la que emprendieron entre febrero y mayo de 1909 por encargo de Fagnano, quien les había solicitado que exploraran la región comprendida entre el río Fuego, cabo Inés, lago Fagnano hasta Harberton y puerto Brown, con vista a una nueva fundación para aborígenes dispersos.

Ochenta días duró la gira, durante la cual el misionero realizó "treinta y tres bautismos y un matrimonio."

Luego de haber barajado diversos nombres y lugares para la instalación de la "casa sucursal" y con la anuencia del prefecto, Zenone y Dalmasso se establecieron en río Fuego el 10 de marzo de 1910. Mientras el coadjutor se dedicaba a la construcción de la capilla, el misionero daba vueltas por los alrededores catequizando y bautizando a los nativos.

A fines del mismo año se abrieron las puertas de una escuela donde, con una asistencia media de diez a trece alumnos, se les enseñaba a leer, escribir y contar.

Incansable, el 31 de octubre de 1910 Fagnano notifica al padre Zenone que había obtenido el uso del "terreno alrededor del lago... que se debía ocupar pronto. " Eran 20.000 hectáreas aproximadamente y con el apoyo de la familia Bridges (fundadora de las estancias Harberton y Viamonte) tanto Zenone como Dalmasso pusieron manos a la obra, construyendo la primera casa misión, en la cabecera del lago.

Entre junio y septiembre de 1916 se levantaron la capilla, la escuela, cuatro habitaciones para los salesianos y en poco tiempo, a partir de los animales de cría aportados por los Bridges, se autoabastecieron.

Lo curioso es que en la crónica llevada por el padre Zenone no figure organizada, alguna vez, la misión del lago como tal. "Hay viajes seguidos de Dalmasso con cargueros, animales y vituallas. Pero nunca se menciona una comunidad de indios puesta en el lugar, por más que pasase allí sus buenas temporadas el padre Zenone." (Bruno, 1984:446)

También se refiere a ella el prefecto apostólico en carta del 18 de mayo de 1916, dirigida al padre Borgatello: "llevada adelante (la misión del lago) con tantos sacrificios por el sacerdote Juan Zenone y los hermanos Dalmasso, Vigne y Villa, se está poniendo en condiciones regulares, pudiendo de ahora en adelante autoabastecerse con su trabajo de pastoreo" .

No obstante ello, más seguro es que no llegara a formalizarse, conforme afirmó indirectamente el inspector, padre Luis Pedemonte, que heredó el gobierno de la región luego del fallecimiento de Fagnano (18 de septiembre de 1916) el cual, visitando a Río Grande entre el 9 y el 23 de marzo de 1924 se proponía el "traslado de la residencia de la Calendaria a las inmediaciones del lago Fagnano, donde se intentará la realización del proyecto que tanto acariciaba el inmortal prefecto apostólico de Tierra del Fuego" .

Volviendo a la vida de la Misión de la Candelaria, el 5 de marzo de 1910, llega a ésta su nuevo director, el padre Crema y durante su gestión se produce un hecho trascendente como lo fue la fusión en 1911 de los dos núcleos de adoctrinamiento fundados por los salesianos, ante el cierre definitivo de la Misión de San Rafael, en la isla Dawson, Rep. de Chile.

Según las crónicas de esta última, el 23 de septiembre de 1911 se embarcaban el director, padre Marcos Zanchetta; la directora, Sor Luisa Bossio, con los salesianos, hermanas e indios, rumbo a Punta Arenas. Una vez allí, los aborígenes fueron transbordados inmediatamente al Amadeo para seguir viaje hacia la Misión del río Grande.

Con los recién llegados la Candelaria cobró nueva vida, pero a pesar de ello, las observaciones realizadas por el padre Ricaldone en su visita de inspección no son del todo halagüeñas, especialmente en cuanto a la imagen del padre José Crema del cual opina que “no parecía hecho para dirigir una casa" favoreciendo su conducta, a la impresión de tratarse la Misión de una estancia en la cual prepondera lo material exclusivamente, relegando a un segundo plano la función fundamental de la catequización y observancia de las reglas religiosas para lo cual se la había erigido y mantenido.

Otro hecho conflictivo atribuido al padre Crema fue el que generó a través de una medida adoptada el 19 de febrero de 1912, cuando determina que: "Desde hoy se comenzará a pagar a los indios según el trabajo que cada uno haga". Esta innovación provocó muchas y muy serias discusiones internas, dado que los salesianos temían el efecto del "boliche” ­sobre los desprotegidos aborígenes, por lo que para contrarrestado, se habilitó un almacén dentro de la misma Misión donde éstos podían abastecerse de lo necesario con excepción de bebidas alcohólicas, salvo el consabido “vino aguado".

El 26 del mismo mes de febrero, el padre Fortunato Griffa vuelve a hacerse cargo de la dirección de la casa, en lugar del padre José Crema. Pero sólo estuvo hasta el 17 de enero de 1913, cambiándole el lugar de revista al padre Mayorino Borgatello que se desempeñaba como párroco de Punta Arenas.

Lo más notable de este período fue el haberse inaugurado el 27 de mayo de 1913 el "nuevo local del observatorio meteorológico con todos sus instrumentos" .

Por otro lado, se asienta en el Diario de la Misión: "Ya va pelechando la nueva población de Río Grande con unos cincuenta vecinos, entre gente del lugar y empleados. La forman una comisaría, la casa de Bilbao y dos casas de los Menéndez, para recibir y despachar objetos de trato o venta".
Mientras tanto la población aborigen estable de la Misión ascendía a 82 indios, según el censo practicado el 26 de febrero de 1913.

EL 12 de febrero de 1914, deja el padre Borgatello la dirección de la Candelaria y se dirige a Punta Arenas, para regresar definitivamente a Italia. Lo sucede por un tiempo el padre Zenone, hasta que el 27 de septiembre de 1915, se hace cargo el padre Marcos Zanchetta.

Durante su gestión y como no era para menos, repercutió profundamente la desaparición de Monseñor Fagnano ocurrida en Santiago de Chile el 18 de septiembre de 1916. Sin la protección de su fortaleza y accionar decidido, los salesianos vieron crecer el poder de "los enemigos de las misiones fueguinas" y complicarse los diversos problemas que habían, quedado pendientes, fundamentalmente los pecuniarios. Pero además la Misión se acercaba piadosamente al final de su existencia, como lo había adelantado el padre Borgatello: "Uno ya lo presagia, y no es posible atraer a los nativos, pues en su ignorancia creen que en la Misión sólo se muere ... ".

En el Diario de la Misión (Archivo Histórico Salesiano, Río Grande) se asienta: "La comunidad se compone de cinco socios y el director, cuatro niños y las hermanas que son cuatro, con cinco niñas y cinco mujeres".

No obstante la escasez de aborígenes, el padre Zanchetta creyó alcanzar resultados positivos en la Misión y así se lo informa al superior, don Albera, el 11 de abril de 1919: "La misión, Reverendísimo Padre, ya puede llamarse así y no estancia, como anteriormente. Ha mejorado sensiblemente el espíritu religioso y las pocas almas que quedan y que se reducen a siete mujeres, un hombre y tres muchachos (aborígenes) todos asisten diariamente a misa y realizan sus lecturas. Las Hijas de María Auxiliadora tienen además de las indias adultas siete niñas huérfanas, no todas son indias".

Finalmente, en 1922, las casas salesianas fueguinas quedan reducidas a la Misión de Río Grande, desde donde se atendieron los lotes del lago Fagnano hasta 1926 y recién el 25 de enero de 1928 se soluciona definitivamente la amenaza que se cernía sobre la Candelaria, cuando el supervisor provincial, P. Aliberti, presenta un plan formal para convertir la Misión de Río Grande en una Escuela Agrotécnica.

Por Decreto Territorial del 7 de marzo de 1928 se constituye la primera Comisión de Fomento de Río Grande, con la cual la aldea comienza a adquirir rasgos de vida comunal propia.

Tiempo después, entre los años 1938 y 1943, se construye el amplio pabellón central de la Misión, en dos plantas de cemento armado, bajo la dirección del salesiano Faustino Minici.

Y con respecto a las actividades que en esa época se desarrollaban en la Candelaria, cabe destacarse, que funcionaba una escuela para los niños de los pobladores y peones de estancia. En 1946, el Consejo Nacional de Educación reconoce dicho establecimiento y la enseñanza primaria que imparte, según expediente número 16052/46. El período escolar se iniciaba en septiembre y finalizaba en mayo, bajo el régimen llamado Período de Verano.

Posteriormente el Consejo envía la primera inspección escolar a cargo del Inspector de Escuelas Particulares, Dn. Juan Giménez Medina y en el acta firmada, con fecha 24 de abril de 1947, menciona que el ciclo primario contaba con 16 alumnos, de los cuales sólo dos eran argentinos. El Director y maestro de quinto y sexto grado era el padre César V. Campo, siendo maestro de los grados inferiores el salesiano Marino Francioni.

Paralelamente y por iniciativa del mencionado padre Campo, se crea una Escuela Agropecuaria con un plan de tres años de estudio, orientado a preparar técnicos en el manejo de explotaciones ganaderas de ovinos, principal explotación del sur argentino. La misma era fiscalizada por el Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación, según Resolución 934/46 y comienza con cuatro alumnos.

En 1960, la Superintendencia Nacional de Enseñanza Privada reconoce la Escuela Agropecuaria y la incorpora bajo la denominación de Instituto Nuestra Señora de la Candelaria.
Aquí se inicia otra etapa en la vida educacional, ya que entra en vigencia el plan de estudio nacional "bachillerato agrotécnico" por Decreto 4278/60 con cinco años de duración. Número de alumnos regulares: diez.

En 1967, se cierra definitivamente el ciclo primario con el objeto de dedicar las instalaciones exclusivamente al nivel secundario, así mismo se cambia esta modalidad implementando un nuevo plan (4121/66) de seis años, que otorga el título de AGRONOMO ESPECIALIZADO EN GANADERIA.

Para concluir, en el año 1983 se logra el reconocimiento provisorio por parte de las autoridades del Ministerio de Educación, del plan denominado “bachillerato con orientación agrotécnica" R.M. 857/83 que es el actual.

Culmina la presente monografía con el agregado del Decreto del Poder Ejecutivo de la Nación número 2087 del 11 de agosto de 1983, por el cual se declara monumento histórico al conjunto integrado por la antigua capilla de Nuestra Señora de la Candelaria y dos pabellones contiguos (casa de las Hijas de María Auxiliadora y casa de la Misión) perteneciente a la Misión Salesiana de Río Grande, ubicada en la ciudad del mismo nombre, en la Isla Grande de Tierra del Fuego (Depto. Río Grande. Lote MLI: Fracción A).



CONCLUSIONES

En la sucesión perpetua del tiempo, es factible que los hechos relacionados con el pasado inmediato se confundan en la nebulosa del presente, casi integrándolo, por lo que se obstruyen los canales de comprensión sobre los distintos procesos que hacen a la historia de un lugar, región o pueblo.

Por lo que para valorar la obra de los misioneros salesianos es preciso tener en cuenta, quizás, los diversos factores que la iban a dificultar, como por ejemplo: la precariedad de los medios de comunicación, la crudeza del clima, la inhospitalidad del entorno, las penurias financieras y la indiferencia del ambiente. Además, la aparición de los sacerdotes italianos en el escenario de los hechos se produjo en un momento donde el ocaso del pueblo selk'nam parecía ya inexorable.

Así lo describiría el padre Mayorino Borgatello, en 1882, "El haberse descubierto pequeñas minas de oro en el archipiélago de Tierra del Fuego fue para nosotros y para los pobres indios una desgracia y una auténtica calamidad. Invadió aquellas tierras gente forastera de todas las nacionalidades e idiomas, no ciertamente la mejor del mundo, con daño inmenso para los desdichados en parte asesinados o sometidos a dura esclavitud”.

Este diagnóstico fue ratificado posteriormente por las observaciones del padre Beauvoir, quien narra en sus Memorias: "Para que los indios, acosados por el hambre, no robasen ovejas los estancieros contaban con cuadrillas de peones a caballo que, armados de buenos rifles y cuchillos, recorrían los alambrados y a cuanto desgraciado indígena tenían a la vista, le daban balas hasta alcanzarlo y cortándole la cabeza se la llevaban al dueño, quién les daba por cada una de ellas una libra esterlina" .

Y es así como los salesianos, no obstante sus laudables esfuerzos para conservar esta raza mediante la conversión de los indios al catolicismo, de la que hablaba la Constitución Nacional (Belza, 1975:333) vieron morir, entre persecuciones y enfermedades infectocontagiosas, a casi todos sus "indiecitos" de las misiones de San Rafael y Río Grande, en muchísimo menos tiempo del que emplearon en construirlas.
Lamentablemente todos estos episodios fueron absorbidos por la inminencia de su tiempo, arrastrando tras de sí innumerables páginas de historia que no siempre bien escritas, tienden a empañar el rol que les tocó desempeñar a estos HOMBRES con mayúsculas, dentro de un proceso tan trágico como repetido en América: la extinción de sus culturas aborígenes.

Ahora bien, para sintetizar el efecto de la acción colonizadora de los seguidores de Don Bosco en la región austral, comencemos por citar a Belza, quien afirma: "En cuanto a las corrientes colonizadoras de la Tierra del Fuego argentina, ensayar una suerte de ordenamiento clasificatorio corresponde a una simplificación metodológica con apoyo geográfico y cultural" y en lo referente a los salesianos, agrega: "Los heraldos eran italianos, habían partido de Génova y luego de su paso por Bs. As. con escala en Carmen de Patagones, establecieron su base de operaciones en Punta Arenas. De allí se abrieron en abanico hacia Dawson, Malvinas y Río Grande. La misión evangelizadora vaciló al principio hasta que los misioneros eligieron el camino de la colonización".

En cuanto a el aporte que realizaron éstos con su presencia, Dn. Mateo Martinic B. lo define específicamente en el contexto de su trabajo relativo a la inmigración europea en Magallanes: “Los religiosos italianos eran procedentes generalmente del norte de Italia, regiones de Piamonte, Lombardía y Liguria”.

"Su integración a una sociedad en formación sumó algunos de sus atributos más característicos como el vigor corporal, fruto a su vez de una buena salud, una vida ordenada y frugal, habituada al trabajo rudo e incluso a los climas adversos. Esta reciedumbre física, fue acompañada de otras condiciones espirituales y culturales como la sobriedad y sencillez en el vivir cotidiano, la honestidad, el sentido de previsión, el afán de superación, el aprecio por la instrucción y la educación, el orden, la solidaridad, el respeto por los demás y un cúmulo de otros sentimientos prácticos de elevado alcance sociocultural" .

Por lo que en función del análisis sobre los hechos expuestos surgen, además las siguientes reflexiones:

l. - La obra misional se inspiró sólo en un profundo amor al prójimo, a la humanidad. En sí, amor a Dios.

No existió espíritu alguno de lucro que desvirtuara la entrega de sus representantes.
El ángulo más vulnerable y doloroso de Monseñor Fagnano apuntaba sin lugar a duda al sector deudas y penurias financieras que lo agobiaban sin poderlo abatir. Siempre enfrentó las dificultades con sentido apostólico y con seriedad empresaria (Belza, 1975,331)
Para los idealistas como él, la pobreza religiosa no consistía en la carencia de medios, sino en el destino total y desinteresado de los mismos a la finalidad apostólica, sin que nada se pegara a las manos, al espíritu o a la situación.

Cualquier duda se disipa cuando se leen las instrucciones que Fagnano le imparte al padre Bernabé, el 11 de septiembre de 1894, acerca de las obras del río Grande: "Primero comience por lo más apremiante, o sea, el alojamiento para lo peones y carpinteros: después edificará el de los salesianos ...”·

De allí que los misioneros, a pesar de las bajas temperaturas, carecieran de calefacción en sus piezas por más de cuarenta años, sin contar las noches que debieron dormir en carpa o a la intemperie, a campo traviesa o en el borde de una huella. Fue tanta la austeridad que debieron sobrellevar en Tierra del Fuego, que “hasta los indios vivían más humanamente que ellos". (Entraigas, Argentina Austral 320/1958).

2. - A nivel de la Congregación se suscitaron graves problemas por el elevado costo de mantenimiento de las misiones fueguinas, en contraposición a la escasez del elemento aborigen, en vías de precipitadas extinción. Por otro lado, en la medida que las explotaciones ganaderas salesianas iban progresando las controversias Misión versus Estancia arreciaban.
Lo cual habla a las claras sobre el empecinado tesón puesto de manifiesto por los salesianos al insistir en su permanencia junto a los aborígenes, aún en contra de las autoridades eclesiásticas y de la indiferencia estatal.

Es que demasiado prudentes fueron los superiores italianos no sólo en cuanto a la administración de los bienes de la Orden, sino también en el sentido de guardar las apariencias fundamentalmente en los asuntos terrenales, por lo que las tierras que Fagnano había ordenado ocupar y poblar con hacienda debían parecer, en su conjunto, un lujo asiático imposible de justificar.

Pero hoy se percibe claramente que nunca se hubiera podido emprender semejante empresa colonizadora con los 60 pesos mensuales con que el estado argentino remuneraba al capellán del Territorio. Por otro lado, ésta no era la única complicación que presentaba el sistema, dado que "los onas, fijos o pasantes, tragaban como kaikenes”. (Belza, 1975:343)

El padre Borgatello anota en su cuaderno que en el año 1898, se consumieron en la Misión: 65.000 kilos de carne, 20.000 de pan, 7.500 de papas y 2.000 de arroz. El 5 de febrero de 1901, cuando sólo se albergaban unos 70 indígenas, se constató que durante el mes anterior se habían gastado 5.500 kilos de carne, 1.600 de harina, 320 de arroz y 150 de porotos.

De ahí la necesidad de solventar el alto consumo alimentario de los aborígenes albergados en la Misión, con un manejo extensivo de ganado ovino que llegó en su momento a la posesión de un piña de 25.000 animales, más bovinos y los yeguarizos indispensables para las tareas adicionales.

3. - A pesar de la frustrada tarea en cuanto a la preservación de la cultura aborigen, hecho que superó los alcances y posibilidades de los misioneros, la obra de Fagnano tuvo un peso decisivo en la custodia del catolicismo y de la argentinidad dentro de nuestra región austral.

El 28 de septiembre de 1945, el prefecto Pedro Giacomini escribe desde Punta Arenas: "Cuando llegó Fagnano a su prefectura apostólica, la halló ya sembrada de la cizaña que habían llevado los siete pastores protestantes en las expediciones de Fitz Roy y de Darwin. Las Islas Malvinas eran el centro de irradiación y Ushuia la primera filial. La red protestante se extendió hasta San Gregario sobre el estrecho, Cañadón de los Misioneros (Santa Cruz), Colonia Galense (Chubut), Viedma, Patagones, San Blas y Choele Choel. Toda la zona comprendida entre el paralelo 35 y 55 debía ser protestante y volver trunca la unidad religiosa de América del Sur, en virtud de aquella especie de derecho del primer ocupante. Pero fue providencial que esta red se despedace merced a la obra y presencia salesiana. Monseñor Fagnano, produjo hechos históricos que no tienen parangón en los anales religiosos de la misionología americana, recuperando para la Iglesia Católica el derecho de primogenitura sobre toda esta zona extrema del mundo y para el país, su unidad cultural ".

4.- Puede aseverarse con justicia, que la obra salesiana promovió a su paso el progreso educativo, moral, urbano y científico de esta apartada región austral, adelantándose en mucho a la iniciativa gubernamental de las naciones dueñas del territorio: Argentina y Chile.

En el orden educativo la Congregación salesiana fundó las primeras escuelas, colonias agrícolas, escuelas de artes u oficios, acompañando esta obra, en cada pueblo, con el aspecto edilicio. Pues en lo material siempre edificaron un templo, el mejor edificio escolar y afrontaron a través de los hermanos cualquier tipo de construcción que redundara en beneficio de la comunidad.

En el aspecto moral y espiritual, no dejaron asentamiento humano sin bendición, sin el auxilio caritativo de los seguidores de Don Bosco, sin la presencia consoladora, aún en el más apartado rincón de la tierra, de un misionero.

Y en las diversas ramas de la ciencia, los salesianos realizaron una labor tan meritoria, que los eleva aún en la consideración de los indiferentes a la religión.

Tras su acción colonizadora crearon museos como el de Punta Arenas (Chile) donde se atesoran importantes colecciones sobre la flora y fauna de Patagonia y Tierra del Fuego, con secciones destinadas a la antropología v etnología que han servido para seguir el rastro de las desaparecidas razas aborígenes.

Hombres de ciencia fueron: Carbajal del Valle, Cojazzi, Tonelli, Borgatello, quienes aplicaron su talento en la tarea de ordenar el tesoro científico y divulgarlo en diarios, revistas, medios especializados y en especial, en el Boletín Salesiano. Entre tanto éstos empleaban su tiempo en trabajos de gabinete, Beauvoir dedicaba el suyo al estudio de la lengua selk' nam, Griffa, a la organización del observatorio meteorológico de la Misión de la Candelaria y el padre De Agostini a explorar, fotografiar y filmar el corazón de Tierra del Fuego y su gente.


CARLOS BALDASSARRE

Fuente: Segundo Congreso Regional de Historia "Los Italianos en la Patagonia" - Villa Regina 1991 - (Trabajos aprobados con recomendación)